“Esta película salió gracias a la fuerza de los estudiantes”: Libia Stella Gómez, directora de Un tal Alonso Quijano

El recuerdo de una clase de universidad fue la génesis de la historia de la película Un tal Alonso Quijano (2020). Libia Stella Gómez, la directora y guionista de esa cinta, tomó una materia sobre Cervantes y el Quijote cuando estaba cursando sus estudios en Cine y Televisión en la Universidad Nacional de Colombia. El profesor de aquella clase le llamó la atención: entraba al salón como si fuese un caballero hidalgo y recitaba de memoria la novela. “Eso me pareció loco”, dice la cineasta, creadora de otros largometrajes como La historia del baúl rosado (2005) y Ella (2015).

Esa imagen del profesor con ademanes del Quijote se convirtió en una idea que quedó anotada en un cuaderno. Muchos años después pasó a ser una historia que podría llevarse al cine y luego, gracias al trabajo de cerca de 80 estudiantes de la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional —en la que Libia ahora es docente—, se materializó en el primer largometraje de ficción producido por esta institución pública.

No fue fácil sacar adelante Un tal Alonso Quijano. Fue una labor tan valerosa y contracorriente como el personaje del libro de Cervantes: conseguir el apoyo económico, rodar con un equipo que tendría su primera experiencia haciendo cine, enfrentarse a la muerte del actor principal cuando faltaban escenas por grabar y estrenar la cinta en medio de una pandemia global son algunos de los obstáculos que logró superar la película.

En esta charla con Libia hablamos de cómo surgió la historia, de por qué le interesó el Quijote más allá del recuerdo de una clase universitaria, de los retos a los que se enfrentó en la producción y las razones para ver Un tal Alonso Quijano, que se estrena totalmente gratis este 1 de julio a través de YouTube.

 

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¿De dónde nace la historia de Un tal Alonso Quijano?

La historia nace de un recuerdo de cuando yo era estudiante de la Universidad Nacional. Veía una materia llamada ‘Cervantes y el Quijote’, que era dictada por un profesor que entraba al salón como si fuese el Quijote de la Mancha. Desde el primer día de la clase hasta el último. Eso me pareció muy loco. Además, él se sabía todo el libro de memoria y alguna vez pensé que entraría al salón vestido del Quijote. Ese recuerdo dio origen a la historia de la película. 

 

¿Por qué decidió cruzar al Quijote con un capítulo de la historia de la violencia en nuestro país?

Bueno, pienso que hay varias razones: justo cuando decidí escribir el guion se hablaba de las víctimas del atentado al avión de Avianca en 1989 y estaba leyendo ‘No nacimos pa’ semilla’ de Alonso Salazar. Esas dos cosas coincidieron con el proceso de creación. También me llamó la atención las víctimas de las que nadie habla. Es decir, se habla de las víctimas directas pero no de las víctimas colaterales. Las familias de las víctimas de atentados como ese a veces no cuentan, no tienen voz, no tienen rostros. Me parece adecuado darles un espacio, darles voz.

Además, yo andaba buscando un evento traumático que produjera en el profesor Alonso Quijano esa desconexión con la realidad. Todos esos elementos estuvieron rondando en mi cabeza e hicieron clic en la historia.

 

“Las familias de las víctimas de atentados a veces no cuentan, no tienen voz, no tienen rostros. Me parece adecuado darles un espacio, darles voz”.

 

Entonces, ¿el guion lo viene escribiendo desde que terminó la universidad?

No. Desde el tiempo en que se me ocurrió la idea al momento que decidí escribirla pasaron muchos años. Lo que pasa es que yo escribo permanentemente, casi todos los días, y voy guardando ideas. Algunas de esas ideas las escribo como bocetos y les busco un evento o hecho que me permita convertirlas en historias. Eso es muy importante para mí. Lo del profesor que tuve fue una anécdota, una idea, pero necesitaba encontrar algo que me ayudara a convertirla en historia y eso hizo el atentado al avión de Avianca. Ahí me sentí lista para escribir el guion.

Creo que en 2007 empecé a escribir el guion. Luego lo presenté a una convocatoria que gané. El premio incluía la revisión del guion por parte de una analista. En eso me ayudó Beatriz Novaro, una reconocida guionista de México, a la que le gustó la historia. Yo le veía pocas posibilidades de llevarla al cine porque me parecía muy chiflada. Cuando pasó eso, no había metido el punk. Quería que la movida musical estuviese allí, con el personaje de Dulcinea. Que la película tuviera una mezcla de universos, de tiempos, de estéticas, de formatos. Llevaba tiempo con las ganas de hacer una mezcla, que nada se casara con un único formato, género o estética. Beatriz fue la que más me animó a sacarla adelante.

 

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¿Por qué escogió el punk y no otro género musical para elaborar la mezcla de la que habla?

Tenía al rock como primera opción, porque soy más cercana a ese género. Pero alguien me hizo desistir de eso. Antes de empezar con el largometraje que tenemos hoy, hubo un primer intento de desarrollar la película con la universidad. En ese momento Sebastián López Borda, un realizador que se graduó de la Escuela de Cine y que trabajaba conmigo, me convenció de que el rock ya no tenía esa connotación de rebeldía que quería para los personajes de la película. Él me abrió la puerta al universo del punk y me pareció más preciso para lo que quería.

 

Más allá del recuerdo que tiene con un profesor, ¿qué le interesó del Quijote para crear el guion?

Me parece que Don Quijote es una historia de una lucha contracorriente. Por ejemplo, él pelea contra molinos de viento. Esa idea de lo imposible, del idealismo, de la fantasía, de llevar una vida nada corriente y de disfrazarse me interesó. De esto trata la película. Era algo que buscaba para el guion. Aunque todo eso fue surgiendo espontáneamente y terminó en el híbrido que es Un tal Alonso Quijano.

 

“Quería que la movida musical estuviese allí, con el personaje de Dulcinea. Que la película tuviera una mezcla de universos, de tiempos, de estéticas, de formatos”.

 

Ahora hablemos de la producción de la película. ¿Cómo fue trabajar con un equipo compuesto por estudiantes que hacían cine por primera vez?

En un principio tenía mucho miedo, porque a pesar de que confío en los chicos de la Escuela y en la formación que impartimos, hacer un largometraje es cosa seria. Cuando graban un cortometraje, los chicos tienen tres o cuatro días de rodaje. Terminan muertos, cansados. Yo pensé: hacer un largometraje en 6 semanas… Ufff, van a terminar reventados. Pero bueno, fui armando el equipo de a poco. Comenzamos a preguntarnos quién era el mejor fotógrafo de la Escuela, quién era el mejor director de arte, quién el mejor montajista. Lo armamos así porque yo quería trabajar con el ‘Dream team’ de la Escuela, con gente que no le diera pereza y que no tuviese en la cabeza la idea de ‘No soy capaz’ porque no creo en eso.

Los chicos se entusiasmaron. Es que imagínate: aún eran estudiantes y ya estaban metidos en un largometraje. Es una oportunidad de oro. Los reuní y me di cuenta de que jamás habían leído un guion de largometraje. Y me respondieron: “Tranquila, profe. Nosotros le hacemos” (Risas). No sabían en lo que se habían metido, pero tenían una energía muy chévere. Luego de haber conformado un buen equipo, tocaba conseguir la plata. Nos postulamos a cuanta convocatoria se abría en la universidad. De preproducción, de producción, de distribución… Es decir, por cada etapa del proyecto.

 

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¿Y cómo armó el casting? Es muy variado, hay actores muy reconocidos junto a jóvenes talentos.

Soy quien coordina un convenio entre la Escuela de Cine de la Universidad Nacional con la Academia Superior de Artes (ASAB) de la Universidad Distrital. Entonces pensé que una parte importante del reparto podría ser estudiantes de artes escénicas de la ASAB. Comenzamos con los casting y allí aparece Brenda Quiñones, la Dulcinea de la película. También Enzo Mejía, quien hace de Rodrigo, un chico punkero. A la par, hice lo mismo que en mis otras películas (La historia del baúl rosado y Ella): buscar actores famosos para papeles muy pequeños o de reparto. Por eso en escenas cortas aparecen Humberto Dorado o Consuelo Luzardo. El único actor reconocido al que no pongo en un papel pequeño o de reparto es a Álvaro Rodríguez, quien hace a Santos Carrasco y a Sancho Panza. 

 

“Reuní a los estudiantes y me di cuenta de que jamás habían leído un guion de largometraje. Me respondieron: ‘Tranquila, profe. Nosotros le hacemos’. Estaban entusiasmados”.

 

¿Por qué eligió a Manuel José Sierra como el Quijote de la historia?

Yo a ‘Manolo’, como le decíamos, lo conozco desde hace años. Desde que comencé a pensar la película quería que él fuese Alonso Quijano y el Quijote. Muchas veces le dije que lo iba a usar para un largometraje, pero me respondía: “Nooooo, yo no soy actor. ¿Cómo se le ocurre?”. Manolo siempre había dirigido obras de teatro. Y cuando se dio la oportunidad de rodar la película, le propuse que actuara de Quijote. Me dijo: “Pero Libia, es que yo no soy actor”. Le respondí que no me importaba, que incluso le ponía un coach de actuación. Él siguió con que no, no y no.

Pero un día me llamó: “Me quedan poquitas cartas en la vida (ya le habían diagnosticado Parkinson). Si a usted no le molesta que me tiemblen las manos…”. Yo de inmediato: “Noooo, para nada”. Y él respondió: “Me lo voy a poner como un reto, acepto. Pero usted me dijo que me ponía un coach”. De todas formas le hice un casting. También le hice pruebas a otros actores. Ahí me di cuenta de que Manolo tenía algo que los demás no: los otros tenían fuerza actoral, pero él me daba un aura de indefensión, de ternura. De alguien que estaba a punto de quebrarse. Eso era lo que necesitaba para la película.

 

 

¿Cómo afrontaron la muerte de Manuel José? Fue un golpe duro para la película.

Sí, fue un momento difícil. Yo me entero de su muerte durante el cierre de las clases del segundo semestre de 2017. Estaba en un acto protocolario y empiezan a llegar mensaje a mi celular. Reviso el primero y dice que Manolo se cayó de unas escaleras, por lo que tuvieron que llevarlo a un hospital. Después reviso el segundo mensaje y ahí me informan que había muerto. Guardo el celular, entro en shock y se me salen las lágrimas. Luego salgo del aula en la que estaba y empiezo a llorar mal. Hablé con el productor, quien me calmó y me propuso que nos encontráramos en un negocio que tengo en el centro de Bogotá. 

Al negocio también llegó Álvaro Rodríguez. Estaba llorando, se volvió muy amigo de Manolo durante el rodaje. Después empezaron a llegar más integrantes del equipo de la película. Además de la tristeza por la muerte de Manolo, estaba mal porque pensaba que era el fin de Un tal Alonso Quijano. No merecía acabar así. Pero lo chicos, también tristes, llegaron con un plan para seguir con el largometraje. “Nosotros no queremos que la película termine así”, dijeron. Tomamos el guion, cuadramos las escenas que hacían falta grabar y en esas se me ocurrió llamar a Iván Álvarez, del teatro La Libélula Dorada. Tiene un parecido tremendo con Manolo. Así logramos terminar la historia, pero fue gracias a la fuerza y las ganas de seguir adelante de los chicos.

 

¿Por qué hay que ver Un tal Alonso Quijano?

Bueno, Don Quijote siempre será un clásico de la literatura. Es un referente de nuestro idioma. Pero en la película lo mostramos de una manera muy distinta: lo escenificamos en Bogotá, en medio de una tragicomedia con música y estética punk. El largometraje también es una manera de hablar sobre cómo se sobrevive a algo que no se quiere afrontar. Quijano se viste del Quijote para escapar de una tragedia personal, Santos se viste de Sancho porque no quiere ser el empleado que le da de comer a unas vacas, Lorenza se viste de punk porque no quiere afrontar la soledad y la poca atención que recibe de su familia. Vale la pena ver la película porque mezcla la diversión de un personaje como el Quijote con el drama que no querer afrontar ciertas realidades.