La vida de dos obsesionados y apasionados por Don Quijote

Antes de convertirse en el Quijote y vivir aventuras junto a su escudero Sancho Panza, Alonso Quijano (este era el nombre real de el Quijote) se devoró todos los libros sobre caballeros, armaduras y castillos que encontró. Fue un obsesionado y un apasionado por la literatura de caballería, el género que predominaba en la biblioteca que tenía en La Mancha, una región del centro de España. Más de 400 años después de su publicación, varios lectores de la novela de Cervantes se han obsesionado con el personaje principal. 

Algunos decidieron coleccionar ediciones del libro, pinturas, esculturas y hasta manteles alusivos al Quijote. Y otros, además de acumular objetos de este caballero hidalgo, lo estudian.

“Mi interés por El Quijote ya lo tenía desde joven, desde el bachillerato. Por ahí a los 16  o 17 años. Luego se profundizó en la universidad”, cuenta José Manuel Lucía Megías. Tiene 52 años y es profesor de filología romántica en la Universidad Complutense de Madrid, en España. Por 15 años hizo parte del Centro de Estudios Cervantinos y dicta clases sobre la novela (como el protagonista de la película Un tal Alonso Quijano). “Empecé a investigar al Quijote como algo profesional, pero luego se convirtió en un gusto personal. Dedico mis días no solo a estudiar a Cervantes y al Quijote, sino también a difundirlos”.

Para Lucía, ‘Don Quijote de la Mancha’ es una autopista para introducir a la sociedad en la literatura y en la cultura, pues no hay una obra tan difundida, reeditada y adaptada como ese libro. Y tiene razón: desde su primera publicación, en 1605, se ha traducido en al menos 150 lenguas, se ha llevado en repetidas ocasiones al cine y ha inspirado un gran número de pinturas, esculturas y canciones.

Pero el personaje de Cervantes no solo ha servido para despertar el interés de la gente en las letras. “El Quijote, para mí, deja tres enseñanzas. La primera es la importancia del diálogo”, explica Lucía. “Es decir, cómo hablar nos hace crecer y ser mejores personas. El ejemplo es el Quijote y Sancho Panza, quienes son dos personas distintas cuando empiezan y terminan sus aventuras”. La segunda enseñanza es el respeto por la diferencia, pues de ese otro —independiente de su clase social, credo o raza— siempre se aprende algo. “Y por último: la voluntad. Podemos llegar a ser lo que queramos ser si tenemos voluntad. Alonso Quijano quiso ser uno de los mejores caballeros de la historia y lo logró”. 

 

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Lucía Megías (a la derecha) con un actor que representa al Quijote | Foto: archivo personal.

 

Ya queda claro que Lucía ha estudiado muy bien al Quijote. Ahora hablemos de su colección, compuesta por cerca de 2.000 ejemplares de la novela en diversas lenguas. “La empecé en 2005. Tenía algunas ediciones que usaba para estudiar, pero desde ese año las colecciono”. La fue armado de poco, entre viajes y regalos de amigos. El punto de partida fue una edición de lujo de Don Quijote en inglés de 1738, publicada en cuatro tomos. Desde ese momento no ha parado.

Pero la colección no solo se limita a ediciones de la novela. También guarda distintos objetos del Quijote: dibujos, porcelanas, sellos, pequeñas figuras de ese caballero hidalgo, postales… Son al menos unos 100 objetos. El más preciado es una serie de grabados del Quijote que hizo Salvador Dalí en 1957. “Pues bueno, tengo un Dalí original en casa”, dice Lucía con modestia. Pero uno de los objetos más curiosos de su colección es un juego de manteles y mandiles (delantales) que le regalaron en Azul, la ciudad cervantina de Argentina. “Cada vez que voy a comer o a cocinar, los tengo presentes”.

¿Qué hace alguien como Lucía con tantos ejemplares de Don Quijote en casa, además de conservarlos en estantes de bibliotecas? Leerlos, consultarlos a diario. Él ha convertido su gusto personal por la novela en su trabajo. Cada vez que necesita una cita para una investigación o para preparar una clase, acude a su colección. “Entre el mundo de los coleccionistas, los que nos dedicamos al Quijote somos unos frikis. Curiosamente tenemos un nombre: ‘cervantófilos’. Es una palabra que se inventaron a finales del siglo XIX para personas que solo nos dedicamos a coleccionar y estudiar al Quijote”. 

Adolfo Prado Sáez es otro ‘cervantófilo’ y coleccionista del Quijote. Tiene 53 años, es licenciado en educación infantil y vive en Alicante, otra ciudad española a 360 kilómetros de Madrid. El interés por la novela se lo debe a su tío Martín, con quien compartió mucho tiempo cuando era niño. “La colección que hoy tengo la empecé con mi tío. Al principio estaba compuesta por ediciones originales (las que generalmente leen los adultos) y adaptaciones para niños”. Pero con el paso de los años incorporó otros texto y documentos relacionados al personaje de Cervantes: análisis de la obra, libros sobre Don Quijote y el cine, estudios de su relación e importancia en América Latina, entre otros temas. “Realmente no ha sido un afán de coleccionar por coleccionar”. Prado, como a Lucía, investigan al Quijote por gusto personal.

 

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Adolfo Prada con uno de los libros de su colección | Foto: archivo personal.

 

El universo alrededor del libro de Cervantes es lo que más le llama la atención a Prado: que pintores como Goya o Picasso hayan retratado al caballero de la Mancha; que un referente del cine como Orson Wells decidiera adaptar esa historia a la gran pantalla; que obras de ballet y canciones se inspiraran en las aventuras de Alonso Quijano. Por esa razón su colección no solo tiene ejemplares de la novela, también incluye cromos o tarjetas con la imagen del Quijote y de los demás personajes de la novela, barajas, billetes, cupones de lotería, discos musicales, entre otras piezas. “Son cerca de 500 objetos”.

Prado guarda con cuidado dos ediciones del libro que son poco conocidas: una en guaraní, lengua nativa hablada en Paraguay y el noroeste de Argentina, y una adaptación de la fundación Eva Duarte publicada en 1948. “Y en cuanto a otras piezas, la que más destaco es una serie de fototipias (un antiguo método de impresión de fotografías) de 1905. Salieron con motivo del tercer centenario de la publicación de Don Quijote”. Pero el tesoro de su colección es el ejemplar que le regaló su hija. “Es especial porque le pidió a su abuela que se lo comprara para dárselo a su padre. Es un regalo hecho desde el corazón”.

Gracias a su interés por el Quijote, Prado fue invitado en 2016 a llevar su colección a una exposición en la Diputación de Alicante, su ciudad, con motivo del IV centenario de la muerte de Cervantes. “El deseo de todo coleccionista es dar a conocer sus mejores piezas. Fue muy emocionante”. Ahora la meta de este licenciado es conseguir todas las ediciones del libro en habla hispana que sean posibles. 

“Me gustaría que mi hija, que ahora tiene 9 años y que ya conoce la pasión de su padre, siguiera con la colección”, imagina Prado. “Y también crear un instituto cervantino en Alicante, que continúe con el estudio del Quijote”.  

El caballero hidalgo también fue la obsesión de Libia Stella Gómez, la directora y guionista de Un tal Alonso Quijano, la nueva película colombiana que se estrenó el 1 de julio de manera gratuita y que reedita la versión de Cervantes en una aventura por las calles de Bogotá.